Por: Daniel Rivas

A simple vista, no hay anuncios de ningún narcotour por las calles de Medellín. Y quedaría un poco de turista preguntar a un vecino: «Oiga, ¿aquí dónde se juntan para admirar a Pablo Escobar Gaviria?». Posiblemente a los forenses les pasa lo mismo: guardan un instante de silencio antes de empezar a hurgar en un cuerpo.

Los taxistas son distintos: van al grano. Uno de ellos, Julián, llama al mismísimo hermano del Patrón del Mal y cierra la cita. Roberto, alias El Osito, de 70 años, nos espera en su casa. En ese mismo sitio intentaron asesinarlo y ahora lo utiliza como museo de los 80, cuando el apellido Escobar era sinónimo de cocaína. Sus tentáculos controlaban el 80% del comercio global.

De camino a la vivienda, el taxista anima la charla. Se conoce todas las historias del cártel de Medellín porque vendía droga en la calle. Hasta que le llamó Dios y dejó el negocio. Al menos directamente, porque ahora transporta turistas a la casa de uno de sus jefes.

Década y media después de la muerte de Escobar, el narcoturismose ha convertido en un pujante negocio. Atraídos por series como Narcos o El Patrón del Mal, miles de turistas visitan los lugares icónicos de la vida del narco: su mansión, su palacio, su cementerio… Y el  fenómeno enfrenta a dos ramas del clan: al hermano de Escobar con Popeye, quien fuera su principal sicario.

Al llegar a la finca de El Pobladoya se siente la inmersión al mundo narco: la puerta está blindada y el perímetro, rodeado de cámaras de seguridad. El contraste se produce cuando llamamos al timbre y nos preguntan si hemos pedido cita previa.

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Se rompe el encanto.

Empieza el narcotour.

Dentro de la casa, El Osito enseña memorabilia del narco: vehículos, fotos antiguas, camisetas de deportistas y objetos que ahora son parte de la historia negra de Colombia. Por ejemplo, la mesa (y las sillas) de la última cena de Escobar, un día antes de su muerte, el 1 de diciembre de 1993, acorralado por el Bloque de Búsqueda, la unidad encargada de matarlo.

Hay pocos turistas hoy. Por eso, Roberto insiste en que posen con los objetos, incluso montados en la Harley de El Patrón. Pero visto que somos cuatro, lo más interesante es hablar con El Osito. El hermano mayor del capo difumina las dudas sobre la figura de Pablo con tres frases contundentes: «No le mató la Policía, se suicidó; le perseguían porque se metió en política y en la serie Narcos todo es un invento».

Cuando lleva al grupo a una habitación de la casa y pregunta: «Si viniera la policía ¿dónde se esconderían?», algunos piensan: «Espero que no diga detrás de esa chimenea falsa, porque está fatal camuflada». Y sí, evidentemente era ahí: un falso hogar con espacio para dos personas y sin salida de humos.

Cuando finaliza el tour, despliega sobre una mesa los souvenirs: copias de imágenes míticas y libros. Intenta convencer a la gente de que compre estos relatos, donde, aquí sí, se explica la verdad. Los demás lugartenientes de Escobar, como Popeye, que asesinó a 300 personas, «sólo mienten». Para los que no lean mucho, recomienda El patrón del mal. «Es la más realista», argumenta.

Escobar siempre cuidó a los suyos y, ahora, desde la tumba, les sigue dando de comer. Por eso, su hermano pasó a la ofensiva contra NarcosRoberto exige mil millones de dólares por uso no autorizado del legado de Pablo, ya que en 2014 registró los derechos de imagen bajo el nombre de Escobar Inc.

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Aunque es evidente que no son los únicos que se pelean por contar esa historia. Julián, el taxista,  nos lleva a visitar la barriada Pablo Escobar. Aquí hay murales de El Patrón y muchos vecinos venden en sus ultramarinos recuerdos como camisetas y fotografías. Ahora sí, se encuentran anuncios de narcotours de la competencia.

Aquí se puede reservar otro tour. Los organizadores se comunican por WhatsApp, la foto de perfil es el rostro de Escobar y un letrero que dice: Narcotour. Aun así, el mensaje da pie a un poco de intriga: «Debes llegar mañana a las 8:00 al punto de encuentro que es el almacén Éxito Poblado. Acopio de taxis. Ahí lo recoge el señor Jaime en una van blanca». La factura vía e-mail rompe la magia: está a nombre de la empresa Colombia Sexshop.

En el lugar y a la hora fijada, aparece un autobús escolar amarillo. El chófer es amigo de Popeye, enemigo de El Ositoen la lucha por la verdad. Por si no le creen, muestra en su móvil varias fotos juntos. Esta vez, somos siete turistas.

La ruta visita el Edificio Mónaco, la cárcel de La Catedral y el cementerio Montesacro: es decir, la vida, la penitencia y la muerte de Escobar. En la primera parada, el guía se detiene en una torre. Fue un hotel de cinco estrellas hasta que el narco lo convirtió en su vivienda. Pasa un coche y el conductor grita: «¡Escobar, asesino!». «Es habitual que nos insulten en los barrios ricos», dice el guía. «A Escobar se le quiere en los barrios pobres, aquí le odian».

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En los siguientes destinos, aparecen más autobuses amarillos. La Catedral parece un sitio de culto. Este recinto en las montañas fue una prisión que construyó Escobar para encerrarse a sí mismo en 1991. Pactó la reclusión con el Gobierno colombiano a cambio de no ser extraditado. Más tarde se descubrió la farsa: ElPatrón vivía rodeado de lujos. Ahora es un asilo de ancianos gestionado por monjes.

La última parada es el cementerio. Aquí está enterrado con su familia. Es fácil localizar la tumba porque tiene flores frescas. Y también porque es la única donde un señor vende libros y llaveros con la imagen del narco. El chófer también espera con un puestecito de recuerdos. Sólo ofrece libros de PopeyeEl verdadero PabloSobreviviendo a Pablo Escobar.

El guía confiesa que a este tipo de tours sólo vienen extranjeros, nunca colombianos. «Deben de pensar que aquí alabamos la figura del narco, cuando lo único que hacemos es contar de forma objetiva la historia», razona.

En este viaje hemos escuchado varias veces eso de la verdad. Primero, El Osito acusa a Popeye de inventarse muchas cosas. Después, el sicario dice que toda la verdad está en los libros que venden sus amigos.

En la barriada Pablo Escobar da la sensación de que los vecinos le adoran. El más sincero parece el guía, el único que reconoce lo obvio: que vive de contar la historia (o una de ellas) de Escobar.

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